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Que nació en 1959, en Ciudad Real, en el seno de una sociedad fuertemente dividida por clases sociales, y en el hogar de una familia de la incipiente clase media española. Tanto mi padre, Lorenzo (+2004), como mi madre, Encarnación, trabajaron sin descanso para proporcionar a mis dos hermanos menores y a mí la mejor formación posible, que en aquel momento había que pagarla porque era privada. En raras ocasiones pudimos beneficiarnos de las becas que existían, dado que los resultados académicos, aun siendo aceptables, no destacaban lo suficiente.

       
       

La vocación de servicio a los demás era inevitable. Lo que, día a día, experimentábamos como positivo y saludable hubiera dejado de serlo sin una proyección hacia los demás.

       

Una persona normal y corriente que, sin embargo, desde una edad muy temprana, hizo siempre todo lo posible por no anidar en la mediocridad reinante. Cultivar el espíritu y formar el sentido común han venido siendo dos instrumentos esenciales para afrontar las vicisitudes que la vida iba poniendo por delante. Evitar la indolencia, la falta de decisión, la pobreza de criterio, la trepa -desconsiderada hacia los demás-, la adulación en espera del favor injustificado, han sido siempre mi norma de conducta. Sin embargo, con cierta frecuencia, he percibido estas actitudes entre quienes me rodeaban revelándome ante ello y encontrándome, a veces, como espectador de situaciones más o menos dramáticas.

Por no caer en estas tentaciones tramposas que la sociedad moderna pone en nuestro camino, siempre me sentí empujado a cultivar mi relación matrimonial con Mercedes, con quien me casé en 1983. La educación de nuestros hijos, Helena (1984), Gloria (1988) y Alberto (1989), afrontada en hondura y coherencia, ha reforzado el vínculo de unión familiar. Además, ha supuesto un camino de perfección porque nos ha obligado (me ha obligado) a tomar postura, de manera razonada y también vital, ante cuestiones de suma trascendencia que, de otra manera, hubieran sido menospreciadas o ignoradas por mi. Tanto la calidad como la cantidad de esta relación, de suma importancia ambas, han dado como fruto un, más que aceptable, equilibrio personal y familiar.

En este contexto, la vocación de servicio a los demás era inevitable. Lo que, día a día, experimentábamos como positivo y saludable hubiera dejado de serlo si no le dábamos una proyección hacia los demás. De aquí la trayectoria participativa que el "internauta" puede descubrir en este sitio.

 

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